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Manuel Scorza

Poesía


 
EL DESTERRADO

Cuando éramos niños, 
y los padres 
nos negaban diez centavos de fulgor, 
a nosotros 
nos gustaba desterrarnos a los parques, 
para que viéramos que hacíamos falta, 
y caminaran tras su corazón 
hasta volverse mas humildes y pequeños que nosotros. 

Entonces era hermoso regresar! 

Pero un día 
parten de verdad los barcos de juguete, 
cruzamos corredores, verguenzas, años; 
y son las tres de la tarde 
y el sol no calienta la miseria. 
Un impresor misterioso 
pone la palabra tristeza 
en la primera plana de todos los periódicos. 

Ay, un día caminando comprendemos 
que estamos en una carcel de muros que se alejan... 

Y es imposible regresar. 



 
EPISTOLA A LOS POETAS QUE VENDRAN

Tal vez mañana los poetas pregunten 
por qué no celebramos la gracia de las muchachas; 
quizá mañana los poetas pregunten 
por qué nuestros poemas 
eran largas avenidas por donde venía la ardiente cólera. 

Yo respondo: por todas partes se oía llanto, 
por todas partes nos cercaba un muro de olas negras. 
Iba a ser la poesía 
una solitaria columna de rocio? 

Tenía que ser un relampago perpetuo. 

Yo os digo: 
mientras alguien padezca, 
la rosa no podrá ser bella; 
mientras alguien mire el pan con envidia, 
el trigo no podra dormir; 
mientras los mendigos lloren de frio en la noche, 
mi corazón no sonreirá. 

Matad la tristeza, poetas. 
Matemos a la tristeza con un palo. 
Hay cosas mas altas 
que llorar el amor de tardes perdidas: 
el rumor de un pueblo que despierta, 
eso es mas bello que el rocío. 
El metal resplandeciente de su cólera, 
eso es mas bello que la luna. 
Un hombre verdaderamente libre, 
eso es mas bello que el diamante. 

Porque el hombre ha despertado, 
y el fuego ha huido de su carcel de ceniza 
para quemar el mundo donde estuvo la tristeza




 
MÚSICA LENTA

Para que tu entres,
a veces de tristeza, el corazón se me abre.
 
Como una puerta tímida,
para que tu entres, el corazón se me abre.
 
Pero tu no vienes,
no vuelas más sobre los campos.
 
En vano mi corazón se asoma.
Pasas de largo,
como si el viento
soplase sólo para allá.
 
Pasa la mañana y no viene la tarde.
Y el corazón se me cierra,
como una mano sin nadie, el corazón se me cierra.

(Del poemario Los Adioses,  1960)



 
UNA CANCION PARA MI ABUELO

ABUELO:
Tú nunca fuiste feliz.
Temías que el viento
desbaratase tu corazón de ceniza.
Te recuerdo una tarde negra,
diciéndome con voz blanca:
ojalá no seas,
como yo, un hombre triste.
Abuelo:
la vida te parecía
un pozo de malos sueños.
Cuando pensabas en la abuela
te quemaba una hoguera sin luz.
Y Juan el herrero,
y Pedro el sembrador,
(pájaros huesos
con quienes conversa tu lengua de hierba),
también creían
que la vida es un sueño confuso.

¡Qué lástima abuelo,
que no supieras que la vida tiene otro color! 

¿Me oyes, me escuchas?

La tristeza va a morir.
Ahora cuando la alondra
surca el cielo,
algo rosado empapa el alma,
porque el ave
viene del color que tendrá la vida
cuando los humillados alcen la cabeza
y partan la dicha
en pedacitos que alcancen para todos;

¿Me oyes, me escuchas?,
ardiendo
está el mundo donde te ahogabas. 
Perdona, pues, si te dejo,
pero me llaman, necesitan
mi mano para formar una ronda alrededor del mundo.

Más luego volveré.

Cuando la Libertad abra sus alas
sobre mi país desesperado,
volveré. 

Volveré con todos los nietos del mundo
en primavera, y abuela
y María y Paloma, todos los días vendremos
a regar la parcela de alba que nos toque. 



 
SERENATA

Ibamos a vivir toda la vida juntos.
Ibamos a morir toda la muerte juntos.
Adiós. 

No sé si sabes lo que quiere decir adiós.
Adiós quiere decir ya no mirarse nunca,
vivir entre otras gentes
reírse de otras cosas,
morirse de otras penas.

Adiós es separarse, ¿Entiendes?, separarse,
olvidando, como traje inútil, la juventud. 

¡Ibamos a hacer tantas cosas juntos!
Ahora tenemos otras citas.

Estrellas diferentes nos alumbran en noches diferentes.
La lluvia que te moja me deja seco a mí.

Está bien: adiós.
Contra el viento el poeta nada puede.

A la hora en que parten los adioses,
el poeta sólo puede pedirle a las golondrinas
que vuelen sin cesar sobre tu sueño.

(De Los adioses)


	

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