Pablo Guevara
Entrevistas
Poesía de choque
¿Qué rol crees que ha cumplido tu generación, la del 50, en la tradición poética peruana; cuáles serían, para ti, sus principales aportes?
Yo tengo un problema con esa generación; personalmente, no me considero parte de ella. Sin embargo soy el menor de ellos y, de algún modo, yo era siempre el muñeco de palo.
¿En qué sentido muñeco de palo?
Bueno, los frecuentaba, los veía, los oía discutir, en fin, pero yo no participaba mayormente de eso. Ahora, en cuanto a sus aportes, mayoritariamente me parecen conservadores e incluso desactualizados. Uno de ellos, por ejemplo, es la "perfección del poema", cosa que no existe. Hay poemas buenos y poemas malos, según los gustos, según los estilos; y hay poemas que se aproximan, dentro de los límites de su propio planteo, a ser buenos, ejemplares o antológicos. Nunca entenderé el poema "perfecto". Yo creo que la generación del 50 enseñó a hacer poemas buenos, pero dejó de hacer los poemas que hicieron los poetas anteriores a ella. Es decir, dejó de hacer poemas como Adán, como Westphalen, como Moro o como Vallejo.
¿No hay nada más que sea rescatable en los cincuenta?
Sí, hay una idea interesante. Cada poeta del 50 logró, creo, una voz propia, en mayor o menor medida, pero una voz propia. En todo caso, es en la producción reciente o última de poetas como Blanca Varela o Wáshington Delgado donde veo más méritos.
Eres, entonces, un poeta sin generación.
Sin generación, sí, y eso es muy importante para mí.
A pesar de ello, tu poesía anuncia ciertos rasgos comunes a los poetas de la siguiente generación o promoción.
Bueno, a mí me halaga saber que Hotel del Cusco es un libro que ha ejercido cierto influjo en otros poetas posteriores, cómo no. Lo que pasa es que mi poética de esos tiempos intentaba combinar muchas cosas: ludismo, epicidad, lirismo, trascendentalismo o vida cotidiana.
Hotel del Cusco fue tu último libro publicado, antes, por supuesto, de Un iceberg llamado poesía, ganador del Copé.
Sí, se publicó en febrero del 71.
Un silencio de casi treinta años.
E inexplicable para mí. Yo hasta hoy no entiendo cómo puedo haber estado tanto tiempo sin publicar, soy el primer sorprendido con esa circunstancia.
En muy pocos poemas tuyos uno puede toparse con el mundo íntimo del hablante, con su territorio sentimental, salvo excepciones como el poema dedicado a tu padre o ese titulado Guita Brünner. ¿Esta reticencia frente al impulso lírico tiene un carácter intencional?
Probablemente sí, pero la explicación que me he dado es que, en realidad, yo nunca pensé dejar de lado el biografismo, es decir, la posibilidad de practicar una poesía confesional; pero, por otra parte, pensé también que el poema no tenía que ser existencial de manera excluyente, con más razón hoy, porque visualizando la poesía de este siglo uno puede darse cuenta de que las más grandes creaciones responden a un criterio más bien ficcional. Ya no creo en la confesión, porque la vida anecdótica de las personas me parece muy limitada y muy aburrida, porque todos hacemos lo mismo en todas partes del mundo. ¿Qué variables mayores puede presentar el hombre dentro de su encierro fisiológico? En cambio, podemos apelar a la imaginación y la mente, ¿no? Esa sensación de libertad es mi materia prima. Mi vida cotidiana, mi vida diaria, es muy anodina y las palabras, en vez de encarcelarme, me liberan.
¿Qué paradigmas encuentras en la poesía peruana del siglo XX?
En los primeros cincuenta años de este siglo, los paradigmas siguen siendo, para mí, Vallejo, Eguren, Adán, Westphalen y Moro. En el tiempo restante, los poetas se han multiplicado y todavía no tengo muy claro a quiénes podría considerar paradigmas, a excepción de Blanca Varela o José Watanabe, pero responder esto me tomaría, obviamente, más tiempo. Sigo creyendo, por otro lado, que es un milagro que en un país como el Perú existan tantos poetas. (ARD)
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