Anotaciones sobre la poesía de Antonio Cisneros
Alonso Rabí Do Carmo
En la poesía peruana de los años 60 pueden distinguirse tres vertientes dominantes: una que prolonga diversas poéticas peninsulares, principalmente las de Antonio Machado y la de quienes conformaron la llamada Generación del 27 (Lorca, Salinas, Guillén, Alberti y en menor medida Cernuda, tal vez los primeros y últimos poetas verdaderamente vanguardistas de España) y, en el ámbito latinoamericano, reformula el legado de Vallejo (el de Los heraldos negros) y Neruda; la segunda, en cambio, se opone discursiva y formalmente a estas propuestas, mostrando una marcada preferencia por la vanguardia anglosajona, representada sobre todo en las figuras de Eliot y Pound, y en menor medida en algunos poetas beat como Kerouac y Ginsberg; finalmente, hay una tercera línea que apuesta por una reactualización del lenguaje del modernismo canónico, en sus acepciones de mayor raigambre, léase el simbolismo (Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud) y el superrealismo (Bretón, Aragón, Eluard).
Frente a este amplio abanico de hábitos escriturales, es inevitable sopesar aportes e innovaciones. En este terreno, sin duda, la segunda vertiente de las tres que hemos mencionado es la que mayores frutos ha prodigado a nuestra propia tradición, manteniendo plena vigencia en la hora actual. Esto tiene una explicación que presento someramente: ya los poetas de la Generación peruana del 45/50 (Belli, Varela, Sologuren, Deustua, Delgado, Rose) habían asimilado -y agotado, cabría decir- tanto el bagaje vanguardista europeo cuanto la estética de la poesía moderna española, hecho que ciertamente, no contradice su enorme calidad artística y expresiva. Otro tanto sucedió con sus predecesores, en buena cuenta fundadores de la poesía peruana de este siglo: José María Eguren, César Vallejo -el único de resonancia plenamente universal-, Carlos Oquendo de Amat, Martín Adán -seudónimo de Rafael de la Fuente Benavides- y Emilio Adolfo Westphalen, entre otros, crearon una obra original y valiosísima que, a la larga, señalaría los distintos derroteros de nuestra práctica poética. De modo que en muy contados casos, estas reformulaciones o "miradas" de los poetas del 60 hacia una tradición que en realidad no tenía muchas puertas a las que asomarse, dieron lugar a una obra que merezca destacarse nítidamente. La excepción fue, por cierto, la vertiente dentro de la cual se ubica Antonio Cisneros, el poeta más importante de su generación y una voz indispensable en el panorama poético hispanoamericano de hoy.
Las características más saltantes de la poesía de Cisneros son, a grandes rasgos, las siguientes: la intertextualidad o el juego constante de diversos niveles de lenguaje al interior del poema; la presencia de lo íntimo y lo público o colectivo, logrando una reelaboración del discurso épico y sus matices dramáticos; la cancelación de la falsa dicotomía entre "poesía pura" y "poesía social" y el abandono de todo tinte provinciano o localista para ubicar al sujeto hablante del poema en su tiempo, de allí el tono decididamente actual que imprime Cisneros a sus versos; y el empleo del poema como un camino de reflexión y representación en tres ámbitos: el individuo, la sociedad y la cultura. Esta tríada presenta una particularidad: Cisneros otorga a cada uno de sus elementos la misma importancia, vale decir, que la persona inmersa en el tráfago de su propia cotidianidad, las relaciones sociales y el contexto histórico así como los discursos culturales, aparecen indisolublemente ligados y en relación de equidad. Cisneros es en lo fundamental un poeta cívico, poco introspectivo; ha desechado el facilismo del panfleto y la exaltación lírica por una actitud irónica y vigilante ante el devenir de los acontecimientos de la vida privada y pública.
La actitud de Cisneros ante el poema es siempre dialogante, en la medida en que plantea una estrategia de comunicación basada en el coloquio y no en la inmanencia del discurso poético. En otras palabras, el mundo es visto desde un espacio de intimidad reflexiva y fragmentaria que invoca siempre a un interlocutor, o mejor, que convoca, ya sea en un plano real o en uno ideal, a un lector. Todo este dinamismo es sometido, por cierto, a un gran rigor técnico, a un profundo conocimiento del lenguaje y la tradición, apelando a montajes, parábolas, contrapuntos, parodias y enumeraciones demostrativas. Cisneros practica, pues, formas líricas abiertas y propiciadoras del diálogo que tienen como centros referenciales la narratividad y un decir eminentemente físico, concreto en la enunciación y resolución del poema; su economía de lenguaje, muchas veces minimal, resulta a la larga una de las claves para su lectura.
Pero, ¿qué tradición o qué tradiciones ha releído Cisneros? ¿de qué elementos está formado el magma de su lenguaje? La respuesta podría abarcar muchas páginas, pero aquí ofrecemos una versión sintética, a riesgo de perpetrar alguna omisión: la crítica antiheroica y cotidiana, asunto central en casi la totalidad de sus versos, proviene sin duda del distanciamiento brechtiano -ese pacto de ironía que establece el creador frente a la realidad que lo circunda y ante su propio contexto histórico y cultural-; la épica del ego, una entronización del yo que preside la visión del mundo, las cosas y la propia poesía, le tienden un lazo fraterno con el mejor Ezra Pound; la confesionalidad desde una perspectiva doméstica, desdeñando cualquier exabrupto emotivo, teñida de matices absurdos e incluso grotescos, convertida en punzante autorreferencia, tiene sus raíces en Robert Lowell; finalmente, la desacralización del poeta y la propia poesía, así como asumir este oficio con una enorme cuota de visceralidad, otra presencia constante en la obra de Cisneros, parece guardar ciertas afinidades con la estética beat.
En este último punto, es particularmente ilustrativa su Arte poética 1, del
libro
Como higuera en un campo de golf (1972):
1
Un chancho hincha sus pulmones bajo un gran limonero
mete su trompa entre la Realidad
se come una bola de caca
eructa
pluajj
un premio
2
Un chancho hincha sus pulmones bajo un gran limonero
mete su trompa entre la Realidad
-que es cambiante-
se come una bola de caca
-dialécticamente es una Caca Nueva-
eructa
-otra instrumentación-
pluajj
otro premio
3
Un chancho etc.
Este poema evidencia, además de un radicalismo expresivo, la cruda ironía con que el poeta se mira a sí mismo, aún cuando esta interpretación es parte de una larga polémica entre varios críticos. El poeta es comparado con un cerdo -no es ya el nefelíbata romántico ni animador de veladas en salones, mucho menos un mero adorno social- y el acto de enunciación del poema un eructo. Así, el poeta ha descendido de su torre de marfil, ha perdido su condición clásica de interlocutor de los dioses para instalarse, pedestre y desencantado, entre los hombres. Y la realidad ha dejado de ser un motivo idealizado o inmarcesible: es más bien expuesta en toda su crudeza, con agudas notas de descarnamiento. Este poema puede servir también como ejemplo de la permanente actitud trasgresora de Cisneros, trasgresión que adopta diversas formas, desde la nostalgia por el mundo perdido de la infancia, el exilio en la palabra y la recuperación paulatina de fragmentos de la realidad (David y Destierro) hasta la plena adquisición de la conciencia periférica y la visión escéptica de la historia (Comentarios reales, Canto ceremonial contra un oso hormiguero, Como higuera en un campo de golf, Agua que no has de beber), pasando por la experiencia religiosa, expresada en una relectura que promueve inversiones y parodias de los escritos bíblicos (El libro de Dios y de los húngaros); la creación de un "nosotros" colectivo a través de diversos mecanismos de la oralidad y la literatura testimonial, los mismos que pasan por un cuidado proceso de resemantización (Crónica del niño Jesús de Chilca) y el retorno a una suerte de síntesis de toda su materia poética (Monólogo de la casta Susana y Las inmensas preguntas celestes), donde el yo vuelve la mirada nuevamente a su experiencia cotidiana y cultural. Por eso es importante señalar que la trasgresión en Cisneros no se limita a mirar con burla únicamente ciertas convenciones sociales y cotidianas; la poética de Cisneros apunta sobre todo a una trasgresión del orden cultural dominante, de cánones y ortodoxias que, ya sea en lo político o lo literario, son consideradas verdades infalibles.
Un rasgo muy particular de la poética cisneriana es la manera en que aborda los temas del amor y la vida familiar. Éstos, normalmente caminos para el desborde lírico y, muchas veces, para la falta de control sobre el poema por la exacerbación lírica en el discurso, adquieren en Cisneros una visión que hace pocas concesiones a la ternura -otro canon consagrado con frecuencia en este tópico- y, en lugar de ello, no evita la burla o el desdén. Una muestra de ello la encontramos en el poema Cuatro boleros maroqueros (o canciones "canallas", para entender mejor el término), que transcribo a continuación:
1
Con las últimas lluvias te largaste
y entonces yo creí
que para la casa más aburrida del suburbio
no habrían primaveras
ni otoños, ni inviernos ni veranos.
Pero no.
Las estaciones se cumplieron
como estaban previstas en cualquier almanaque
Y la dueña de casa y el cartero
no me volvieron a preguntar
por ti.
2
Para olvidarme de ti y no mirarte
miro el viaje de las moscas por el aire
Gran estilo
Gran velocidad
Gran altura.
3
Para olvidarte agarro al primer tren y salgo al campo
Imposible
Y es que tu ausencia
tiene algo de Flora de Fauna de Pic Nic.
4
No me aumentaron el sueldo por tu ausencia
sin embargo
el frasco de Nescafé me dura el doble
el triple las hojas de afeitar.
Aquí Cisneros opta por abandonar un tópico que terminó por convertirse en lugar común en mucha poesía: el doloroso canto del abandono. Sin grandes metáforas, echando mano de un lenguaje directo y un abominamiento de las formas tradicionales, Cisneros reescribe una poética amorosa cifrada en un carpe diem que transcurre sin desesperación, pero sin entusiasmo. Y en ello, sin duda, se refleja del mismo modo una voluntad trasgresora, presente inclusive en textos engañosamente gozosos -he ahí la habilidad del poeta para crear otros planos de significación- como Tercer movimiento (affettuoso), donde el poeta describe el escenario de una pareja que se dispone a hacer el amor y señala: (...) El cielo debe ser azul y amable, limpio y redondo como un techo / y entonces / la muchacha no verá el Dedo de Dios. Es decir, la "muchacha" logrará desasirse de toda disuasión represora en el aspecto sexual para asumir a plenitud la experiencia carnal. Nótese que sin esta condición el poema mencionado carecería prácticamente de motivo para haber sido escrito.
Es distinto, en cambio, el tono que adopta el poeta para cantar algunas circunstancias familiares, como el nacimiento de sus hijos. Es el caso de
Nacimiento de Diego Cisneros (biología):
Oh tu líquida y redonda habitación,
la cómoda, la bien dispuesta, la armoniosa.
Y de pronto en el aire de las 4 estaciones
y los dioses,
que los dioses te sean propicios.
O también en Nacimiento de Soledad Cisneros (29 enero 75):
Corrí, caballo rojo, bajo el blanquísimo cielo del invierno,
aterrado y alegre entre los cuervos,
hasta hallar ese taxi brillante como hoja de afeitar.
El arca de la Alianza.
Y fue entonces el día de la nieve.
Y Nora era el dolor del duraznero.
Y yo el vigía,
guardián de las hogueras en un corredor del hospital.
(Todo el fuego robado a Budapest).
Fue el día de la nieve.
Y naciste mi dama.
Y yo tu caballero.
La ironía mordaz de Cisneros ha quedado de lado para revelarnos a cambio de eso su profunda fascinación por la repetición del ciclo de la vida, simbolizado por la venida al mundo de sus descendientes. En ambos casos predomina un acento de sobria emotividad, una contención que es, en el fondo, una tregua al natural descreimiento del poeta.
Por otra parte, numerosos críticos atribuyen a la poesía de Cisneros un carácter político. Esta es una verdad a medias, en la medida en que se pretende una lectura lineal, según la cual el poeta se pliega sin dudas ni murmuraciones a un entusiasmo revolucionario ("marxista y antiburgués", según James Higgins, para citar un ejemplo). Sin embargo, no pueden dejarse de lado varias consideraciones antes de afirmar a rajatabla filiciaciones y supuestos progroms en una poesía que ha escogido ante todo la duda y la vigilancia frente al devenir histórico. Que su poesía en determinado momento muestre una inclinación por una izquierda pensante y capaz de adaptarse al vaivén de los tiempos, se debe no a máximas de tratados de marxismo, sino a la intensidad con que el poeta ha vivido y expresado cada etapa de su vida. En una larga conversación que sostuve con Cisneros, publicada tiempo después en una revista limeña, el poeta sostuvo lo siguiente: "Creo que yo, como varias personas de mi tiempo, nos hemos visto más preocupados por valorar la palabra, por el ideal de la perfección en la comunicación poética, esa es la línea que hemos seguido algunos y particularmente esas son mis preocupaciones. La poesía es en sí misma y no está al servicio de nada, es una forma de conocimiento, pero de conocimiento de ti mismo y finalmente eso es lo que comunicas a los demás, junto a inquietudes políticas o sociales propias del tiempo en que escribes. Pero la palabra es fundamental, porque no por escribir sencillo la gente te va a entender más, un adefesio sencillo será siempre un adefesio sencillo. La poesía es una necesidad humana y su función no es comunicar, ni defender, ni comprar ni cambiar. Vallejo escribió España Aparta de Mí Este Cáliz, sin embargo triunfó Franco y se quedó cuarenta años en el poder. Si se midiera la poesía por su función social, entonces ese hermoso libro de Vallejo sería una tontería. La función de la poesía es obviamente otra y consiste fundamentalmente en lo que quiera sentir el que quiera leer". Esta declaración, como se puede apreciar, coincide plenamente con el carácter escéptico de la poesía cisneriana.
Pero al margen de las consideraciones políticas que pueden haber marcado cierta etapa de su producción poética -y ello ni siquiera sería útil para catalogarlo como poeta político, al menos en el sentido real socialista de la expresión), lo esencial es apuntar que Cisneros entiende la poesía no como un vehículo de cambio social -de hecho, nunca ha sostenido tal cosa- sino como un acto de comunicación, un acto plenamente libre, cultural y civilizador, correlato de esa antigua necesidad humana de deslumbrarse ante el poder la palabra y ver develadas porciones de una realidad, aunque intuida por el lector, le es inefable o incapaz de ser expresada por él mismo, como sugirió alguna vez Eliot.
Cualquier interés ideológico en la lectura de Cisneros puede velar asuntos de mayor importancia y, por tanto, más perdurables al momento de juzgar la obra de un poeta. Casi como una anécdota, referiré que muchos críticos de tendencia marxista han condenado acremente no sólo la exaltación individual del poeta, sino también su facilidad y elocuencia para sentir pertenencia tanto respecto de la cultura peruana cuanto de la europea. Los límites de una lectura de esa naturaleza saltan a la vista. En primer lugar, esa "exagerada" afirmación del yo, sus veleidades y contradicciones, no es otra cosa que la búsqueda constante de la perfección técnica; de otro lado, cuestionar los diversos mecanismos de identificación o empatía cultural con otras tradiciones ajenas a la suya, es negarle la posibilidad de asumir una óptica cosmopolita, universal, más allá de las fronteras de un provincianismo que prefiere regocijarse en esa arcadia inmóvil -e inútil- del color local.
Antonio Cisneros, poeta de diatribas e imprecaciones, de alabanza serena y cauta, enemigo de la melancolía y el amor edulcorado, amante de la duda -una sana costumbre- antes que del abanderamiento incondicional, nunca dejará de conversar con sus lectores. Tal vez por esa razón, leerlo será siempre una experiencia de muy gratas resonancias. Espero, hipócrita lector, establezcamos comercio en este punto.