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Ventura García Calderón

Narrativa

Fue en el Perú
A la criollita
El alfiler



FUE EN EL PERÚ

En La Venganza del Cóndor


"Aquí nació, niñito", murmuraba la anciana masticando un cigarro apagado. Ella me hizo jurar discreción eterna; mas, ¿cómo ocultar al mundo la alta y sublime verdad que todos los historiadores falsifican? "Se aconchabaron para que no lo supieran náidenes porque es tierra pobre", me explicaba la vieja. Extendió la mano, resquebrajada como el nogal, para indicarme de qué manera se llevaron al niño lejos,y nadie supo si nació en tierra peruana. Pero día ha de venir en que todo se cuente. Su tatarabuela, que Dios haya en su santa gloria, vio y palpó los piececitos helados por el frío de la puna; y fue una llama de lindo porte la primera que se arrodilló, como ellas saben hacerlo, con elegancia lenta, frotando la cabeza inteligente en los pies manchados de la primera sangre. Después vinieron las autoridades.

La explicación comenzaba a ser confusa; pedí nuevos informes y minuciosamente lo supe todo: la huida, la llegada nocturna, el brusco nacimiento, la escandalosa denegación de justicia, en fin, que es el más torpe crimen de la Historia. "Le contaré -decía la vieja, chupando el pucho como un biberón-. Perdóneme, niñito, pero fue cosa de los blancos".

No podía sorprendenne esta nueva culpa de mi raza. Los blancos somos en el Perú, para la gente de color, responsables de tres siglos injustos. Vinimos de la tierra española hace mucho tiempo, y el indio cayó aterrado bajo el relámpago de nuestras espingardas. Después trajimos en naos de tres puentes, del Senegal o de allende, con cadena en los pies y ordaza en la boca, las "piezas de ébano", como se dijo entonces, que bajo el látigo del mayoral gimieron y murieron por los caminos.

También debía de ser aquella atrocidad cosa de los blancos, pues pobre india doncella -aseguraba la vieja- tuvo que fugar a lomo de mula muy lejos, del lado de Bolivia, con su esposo, que era carpintero. "¡Si supiera, niñito, las lindas maderas que trajo de por allí mi compadre Feliciano!".

El relato de la negra Simona comienza a ser tan prolijo que es menester resumirlo pero conservando sus propias palabras: "Gobernaba entonces el departamento un canalla judío como los hay tantos hoy día, niñito, uno de aquellos que hacen trabajar a los hijos del país pagando coca y aguardiente no más. Si se niegan se les recluta para el ejército. Es la leva, le llaman. Fue así como obtuvieron aquellos indios que le horadaron el pecho al Santo Cristo; pero esto fue más tarde y todavía no había nacido aquí. Agarró y mando el prefecto que los indios no salieran de cada departamento, mientras en la tierra vecina otro que tal, hereje y perdido como él no quería que tuvieran hijos porque se estaba acabando el maíz en la comarca. Entonces se huyeron, a lomo de mula, la Virgen, que era indiecita, y San José, que era mulato. Fue en este tambo, mi amito, en que pasaron la divina noche. Las gentes que no sáben no tienen más que ver cómo está vestida la Virgen, con el mismito manto de las serranas clavado en el pecho con el topo de oro, y las sandalias, ojotas que llaman, en los pies polvorientos, sangrados en las piedras de los Andes. San José vino hasta el tambo al pie de la mula, y en quechua pidió al tambero que les permitiese dormir en el pesebre. Todita la noche las quenas de los ángeles estuvieron tocando para calmar los dolores de Nuestra Señora, que no quería llamar a náidenes. Cuando salió el sol sobre la puna, ya estaba llorando de gozo porque en la paja sonreía su preciosura, su corazoncito, su palomita. Era una guagua linda, caray, que la Virgen, como todas las indias, quería colgar ya del poncho en la espalda. Entonces lo que pasó nadie podría creerlo, niñito. Le juro por estas santas cruces que las llamas del camino se pusieron de rodillas, y bajó la nieve de las cimas como si se hubieran derretido con el calor los hielos del mundo. Hasta el prefecto comprendió lo que pasaba y vino volando. Cuando quien te dice que a la hora del hora llega aquí derechito, seguido por un indio cacique y el rey de los mandingas, que era esclavo del mismo amo que mi tatarabuela. Esos son los Reyes Magos que llaman. El blanco, el indio y el negro venían por el camino, entre las llamas arrodilladas, que bajaban de las minas con su barrote de oro en el lomo. Hasta los cóndores de las altas peñas no atacaban ya a los corderos. Entonces, como iba diciendo, llegaron los tres hombres al taJnbo, y nunca más se ha visto un prefecto blanco se ponga de rodillas junto a la cuna de un hijo del país. Nunca en jamás, los indios han vuelto a estar tan alegres como lo estuvieron en la puerta del tambo, bailando el cacharpari y mascando jora para la chicha que había de beber el santo niño. Ya los mozos de los alrededores llegaban trayendo los pañales de lana roja y los ponchitos de colores y esos cascabeles con que adornan a las llamas en las ferias. y cuando llegó el prefecto con el cacique y el rey de los mandingas, todos callaron, temerosos, y cuando el blanco dejó en brazos del niño santo la barra de oro puro nuestro amito sonrió con desprecio y cuando los otros avanzaron gimoteando que no tenían para su amito y señor sino collares de guayruros esos mates de colores en que sirven la chicha de jora y las mazorcas de maís más doradas que el oro, Su Majestad, como le estaba diciendo, abrió los bracitos y jabló... La mala gente dirán que no podía jablar entuavía; pero el Niño-Dios lo puede todo, y el rey de los madingas le oyó clarito estas razones: "El color no te ofende, hermano". Entonces un grito de contento resonó hasta en los Andes y todos comprendieron que ya no habría amos ni esclavos, ni tuyo ni mío, sino que todos iban a ser hijos parejos del amo divino, como habían prometido los curas en los sermones. La vara de San José estaba abierta lo mismo que los floripondios, y los arrieros que llegaban dijeron que los blancos gritaban en la casa del cura, con el látigo en la mano. Sin que nadie supiera cómo ni de qué manera, en menos tiempo que dura una salve, se llevaron al Niño en unos serones, poniendo al otro lado chirimoyas para que hicieran contrapeso. La Virgen y su santo Esposo iban detrás cojeando con el cepo en los pies.

"Y desde aquel tiempo, niñito, nadie puede hablar del estropicio en la provincia sin que lo manden mudar a chirona. Pero todos sabemos que Su Majestad murió y resucitó después y se vendrá un día por acá para que la mala gente vean que es de color capulí, como los hijos del país. y entonces mandarán afusilar a los blancos, y los negros serán los amos, y no habrá tuyo ni mío, ni levas, ni prefetos, ni tendrá que trabajar el pobre para que engorde el rico"...

La negra Simona tiró el pucho, se limpió una lágrima con el dorso de la mano, cruzó los dedos índice y pulgar para decirme: "Un padrenuestro por las almas del Purgatorio, y júreme, niño, po estas cruces, que no le dirá a náidenes cómo nació en este tambo el Divino Hijo de Su Majestad que está en el Cielo, amén".

(En La venganza del cóndor)

Fue en el Perú
A la criollita
El alfiler



A LA CRIOLLITA

"A la criollita, no más", aseguraba sonriendo aquel poeta limeño desterrado voluntariamente en un rincón de la sierra cuando llegamos al despacho de El Alba Roja. El Alba Roja era su diario, una hoja mal impresa en papel de estraza, que fue, con todo, el mejor periódico y el órgano de los liberales de la comarca. Manuel Junqueira explicaba que se podían contar éstos con los dedos: el boticario, el jefe del Correo, el dueño del único bazar, que lo era también de un bar contiguo. El mismo día de mi llegada a Huaraz bebí doce aperitivos con los doce liberales notorios.

En contra suya estaban los poderes constituidos: el gobernador, el juez de paz y el cura, sobre todo, un soberbio cura serrano que tenía tantos hijos como haciendas y gobernaba por el doble terror del infierno, en la otra vida, y de una cuchillada de sus acólitos, en ésta.

"A la criollita, no más", explicaba el poeta. Todo había sido criollo, su periodismo y su matrimonio con esta lánguida morena de ojos inmensos que no decía palabra. Primero Manuel la vio los domingos, cuando, vestida con anchas y sonoras faldas de percal, venía a misa y a feria: ambas cosas ocurren a las once del día. Era una de esas mozas sentimentales y candorosas que en el fondo de una hacienda peruana viven en espera del novio venido de lejos. Su infancia había sido monótona y gris, como la sierra. Una trasquila de carneros o una doma de potros fueron sus únicas fiestas. Trepaba el chalán al lomo nuevo que no había recibido montura, clavaba sus espuelas nazarenas y por una hora divertía a los hacendados con la prueba tremenda: el potro rezumante que no puede correr porque lleva atada una pata, que camina a saltos bajo el implacable rebenque, rodando al suelo, sudoroso y rendido hasta aceptar, en fin, con la boca blanca de espuma, el pacto humano del bozal y las riendas. Durante un mes se comentaba el lance.

En tal vida agreste, la llegada de un poeta limeño de melenas rubias que ostentaba por las calles una corbata roja y fundaba un diario impío debía inquietar exquisitamente a todas las mozas de los contornos. Junqueira vio a Inés de lejos, se cruzaron apenas las miradas como en todos los idilios de mi pueblo romántico; pero estaba ya seguro de ser querido y fue a pedirla sin ambages en un lindo caballo de paso. Aquello fue también netamente criollo. Al salón colonial, lleno de filigranas de plata y abanicos dorados, fueron saliendo gentes de luto: los padres, los hermanos de Inés, en vanguardia silenciosa y taimada, sin mirar de frente ni responder sino con evasivas serranas. "Más tarde, señor; podía ser, señor; ya verían, señor." Pero la moza no volvió a misa y Junqueira comprendió por los chismes locales la imposibilidad del matrimonio con un hereje de Lima que leía los libros de González Prada.

Cuando yo llegué a Huaraz, la lucha había sido ya larga, la lucha de la juventud liberal con la vejez conservadora. Junqueira, a fuer de poeta, agravó las cosas y nunca fueron más furibundos sus artículos. La novia, entretanto, lloraba en un cuarto de la hacienda, jurando que iba a meterse monja. En aquellos días, por obra y gracia de un misionero descalzo, advirtieron las gentes, y fue milagro patente, que dos lágrimas resbalaban de los ojos del santo Cristo de la iglesia mayor. Entonces Junqueira publicó el relato de un viajero inglés que viera en Lima, en tiempos coloniales, un Cristo de la Inquisición que abría y cerraba los ojos frente al reo, para turbarlo. Un familiar oculto tras de la efigie hacía girar los santos párpados como los de una muñeca.

Esto era sólo verdad histórica, pero durante una mañana entera la procesión de desagravio circuló por las calles de Huaraz. Comenzaba el poeta a ser una gloria local. Su prestigio romántico favorecía sus andanzas.

Una tarde, disfrazado de pastor de llamas, pintado el rostro de ocre, fue conduciendo su rebaño hasta la casa de la hacienda, en donde nadie, sino la novia, sospechó el ardid. El idilio comenzaba así, románticamente. Él iba cada semana a tocar la quena en las cercanías de la hacienda e Inés acudía como una Sulamita criolla, desfalleciente de amor, resignada a aceptar la suerte de todas las novias de la comarca que tienen padres severos. Una noche vino a caballo, un caballo que tenía amarrados a los cascos jirones de poncho para que su paso fuera silencioso. Se la robó llevándola en las ancas, sólo vestida con su camisa de dormir.

Aquello fue un escándalo, habitual si puede decirse, el rapto de cada día que no ofende la moral ni el honor de las mujeres si ello acaba después, como tantas veces, en un matrimonio fastuoso, con el perdón de lo pasado. Sólo que Junqueira no aceptaba las leyes de la Iglesia y habló de un matrimonio civil, que es una ofensa pública al Señor. El domingo, después de misa, el cura hizo quemar los números de El Alba Roja, que estaban pervirtiendo a la provincia con sus doctrinas ateas y diabólicas.

El poeta de Lima comenzó a ser entonces el enemigo del pueblo. Yo estaba allí cuando le quemaron en efigie: un muñeco de estopa vestido de levita, que vimos arder desde los balcones de El Alba Roja, mientras Junqueira se reía, ufano de su revólver, azotándose las botas con el chicotillo de junco. En el salón su pobre compañera suplicaba:

-¡Que no te vean, Manuel! Son capaces de una atrocidad. Tú no los conoces.

-No tengas miedo, hijita. ¡Vénganme a mí con muñecos de estopa!

Al día siguiente vimos desfilar por la plaza a la familia de Inés, a caballo, vestida de negro. Iban a casa del cura. Se persignaron al cruzar por la plaza como delante del cementerio nocturno donde hay almas en pena que salen suspirando. El poeta publicó un artículo vengador sobre aquel desfile, y cuando me marché del pueblo para seguir buscando minas de plata, Junqueira me acompañó hasta las afueras:

-A la criollita, no más, compañero. Ya verá cómo los voy a domar con este látigo.
* * *
Pocos días después, a las dos de la mañana, un grupo de enmascarados destrozó las puertas de El Alba Roja, que era la casa del poeta, y con doce tiros en la cabeza le dejaron por muerto, mientras amarraban en la silla de amazona a su esposa, que gemía desgarradoramente. "A la criollita, no más." No puedo recordar la frase sin estremecerme.

El liberalismo de la provincia quedó muerto con la cabeza acribillada, e Inés ha de ser ahora una de esas mujeres prematuramente viejas, vestidas de luto riguroso, que vienen en las tardes de trisagio y novena a gimotear a los pies de aquel Cristo que tiene llagas moradas en las palmas y llora de verdad como los hombres.

(1924)

Fue en el Perú
A la criollita
El alfiler



EL ALFILER

La bestia cayó de bruces, agonizante, rezumando sudor y sangre, mientras el jinete, en un santiamén, saltaba a tierra al pie de la escalera monumental de la hacienda de Ticabamba. Por el obeso balcón de cedro asomó la cabeza fosca del hacendado, don Timoteo Mondaraz, interpelando al recién venido, que temblaba.
Era burlona la voz de sochantre del viejo tremendo:

- ¿Qué te pasa, Borradito? Te están repiqueteando las choquezuelas... Ni no nos comemos aquí a la gente. Habla, no más...

El Borradito, llamado así en el valle por su rostro picado de viruelas, asió con desesperada mano el sombrero de jipi-japa y quiso explicar tantas cosas a la vez - la desgracia súbita, su galope nocturno de veinte leguas, la orden de llegar en pocas horas aunque reventara la bestia en el camino -, que enmudeció por minuto.

De repente, sin respirar, exhaló su ingenua retahila:
- Pues le diré a mi amito, que me dijo el niño Conrado que le dijera que anoche mismito agarró y se murió la niña Grimanesa.

Si don Timoteo no sacó el revólver, como siempre que se hallaba conmovido, fue, sin duda, por mandato especial de la Providencia, pero estrujó el brazo del criado, queriendo extirparle mil detalles.
- ¿Anoche?... ¿Está muerta?... ¿Grimanesa?...

Algo advirtió quizá en las oscuras explicaciones del Borradito, pues, sin decir palabras, rogando que no despertaran a su hija, "la niña Ana María", bajó él mismo a ensillar su mejor "caballo de paso". Momentos después galopaba a la hacienda de su yerno Conrado Basadre, que el año último casara con Grimanesa, la linda y pálida amazona, el mejor partido de todo el valle. Fueron aquellos desposorios una fiesta sin par, con sus fuegos de Bengala, sus indias danzantes de camisón morado, sus indias que todavía lloran la muerte de los Incas, ocurrida en siglos remotos, pero reviviscente en la endecha de la raza humillada, como los cantos de Sión en la terquedad sublima de la Biblia. Luego, por los mejores caminos de sementeras, había divagado la procesión de santos antiquísimos que ostentaban en el ruedo de velludo carmesí cabezas disecadas de salvajes. Y el matrimonio tan feliz de una linda moza con el simpático y arrogante Conrado Basadre herminaba así...

¡Badajo!...

Hincando las espuelas nazarenas, don Timoteo pensaba, aterrado, en aquel festejo trágico. Quería llegar en cuatro horas a Sincavilca, el antiguo feudo de los Basadres.

En la tarde ya vencida se escuchó otro galope resonante y premioso sobre los cantos rodados de la montaña. Por prudencia, el anciano disparó al aire, gritando:
- ¿Quién vive?
Refrenó su carrera el jinete próximo, y con voz que disimulaba mal su angustia, gritó a su vez:
- ¡Amigo! Soy yo, ¿no me conoce?, el administrador de Sincavilca. Voy a buscar al cura para el entierro.
Estaba tan turbado el hacendado, que no preguntó por qué corría tanta prisa al cura si Grimanesa estaba muerta y por qué razón no se hallaba en la hacienda el capellán. Dijo adiós con la mano y estimuló a su calbadura, que arrancó a galopar con el flanco lleno de sangre.

Desde el inmenso portalón que clausuraba el patio de la hacienda, aquel silencio acongojaba. Hasta los perros enmudecidos, olfateaban la muerte. En la casa colonial, las grandes puertas claveteadas de plata ostentaban ya crespones en forma de cruz. Don Timoteo atravesó los grandes salones desiertos, sin quitarse las espuelas nazarenas, hasta llegar a la alcoba de la muerta, en donde sollozaba Conrado Basadre. Con voz empañada por el llanto, rogó el viejo a su yerno que le dejara solo un momento. Y cuando hubo cerrado la puerta con sus manos, rugió su dolor durante horas, insultando a los santos, llamando a Grimanesa por su nobre, besando la mano inanimada que volvía a caer sobre las sábanas entre jazmines del Cabo y alelíes. Seria y ceñuda por primera vez, reposaba Grimanesa como una santa, con las trenzas ocultas en la corneta de las carmelitas y el lindo talle prisionero en el hábito, según la costumbre religiosa del valle, para santificar a las lindas muertas. Sobre su pecho colocaron un bárbaro crucifijo de plata que había servido aun abuelo suyo para trucidar rebeldes en una antigua sublevación de indios.

Al besar don Timoteo la pía imagen quedó entreabierto el hábito de la muerta, y algo advirtió, aterrado, pues se le secaron las lágrimas de repente y se alejó del cadáver como enloquecido, con respulsión extraña. Entonces miró a todos lados, escondió un objeto en el poncho y, sin despedirse de nadie, volvió a montar, regresando a Ticambamba en la noche cerrada.

Durante siete meses nadie fue de una hacienda a otra ni pudo explicarse este silencio. ¡Ni siquiera habían asistido al entierro! Don Timoteo vivía clausurado en su alcoba olorosa a estoraque, sin hablar días enteros, sordo a las súplicas de Ana María, tan hermosa como su hermana Grimanesa, que vivía adorando y temiendo al padre terco. Nada pudo saber de la causa del extraño desvío por qué no venía Conrado Basadre.

Pero un domingo claro de junio, se levantó don Timoteo de buen humor y propuso a Ana Maria que fueran juntos a Sincavilca, después de misa. Era tan inesperada aquella resolución, que la chiquilla transitó por la casa durante la mañana entera como enajenada, probándose al espejo las largas faldas de amazona y el sombrero de jipi-japa que fue preciso fijar en las oleosas crenchas con un largo estilete de oro. El padre la vio así; y dijo, turbado, mirando el alfiler:

- ¡Vas a quitarte ese adefesio!...
Ana María obedeció suspirando, resuelta como siempre a no adivinar el misterio de aquel padre violento.

Cuando llegaron a Sincavilca, Conrado estaba domando un potro nuevo, con la cabeza descubierta a todo sol, hermoso y arrogante en la silla negra con clavos y remaches de plata. Desmontó de un salto, y al ver a Ana María tan parecida a su hermana en gracia zalamera, la estuvo mirando largo rato embebecido.

Nadie habló de la desgracia ocurrida ni mentó a Grimanesa; pero Conrado cortó sus espléndidos y carnales jazmines del Cabo para obserquiar a Ana María. Ni siquiera fueron a visitar la tumba de la muerta, y hubo un silencio enojoso cuando la nodriza vieja vino a abrazar a la "la niña" llorando:

- ¡Jesús, María y José, tan linda como mi amita! ¡Un capulí!

Desde entonces, cada domingo se repetía la visita a Sincavilca. Conrado y Ana María pasaban el día mirándose en los ojos y oprimiéndose dulcemente las manos cuando el viejo volvía el rostro para contemplar un nuevo corte de caña madura. Y un lunes de fiesta después del domingo encendido en que se besaron por la primera vez, llegó Conrado a Ticambamba ostentando la elegancia vistosa de los días de feria, terciado el poncho violeta sobre el pellón de "bracaba" con escorzo elegante y clavaba el espumante belfo en el pecho, como los palafrenes de los libertadores.

Con la solemnidad de las grandes horas, preguntó por el hacendado, y no lo llamó, con el respeto de siempre, "don Timoteo", sino murmuró, como en el tiempo antiguo, cuando era novio de Grimanesa:

- Quiero hablarle, mi padre.
Se encerraron en el salón colonial, donde estaba todavía el retrato de la hija muerta. El viejo, silencioso, esperó que Conrado, turbadísimo, le fuera explicando, con indecisa y vergonzante voz un deseo de casarse con Ana María. Midió una pausa tan larga que don Timoteo, con los ojos cerrados, parecía dormir. De súbito, ágilmente, como si los años no pesaran en aquella férrea constitución de hacendado peruano, fue a abrir una caja de hierro de antiguo estilo y complicada llavería, que era menester solicitar con mil ardides y un "santo y seña" escrito en un candado. Entonces, siempre silencioso, cogió un alfiler de oro. Era uno de esos topos que cierran el manto de las indias y terminan en hoja de coca; pero, más largo, agudísimo y manchado de sangre negra.

Al verlo, Conrado cayó de rodillas gimoteando, como un reo confeso.
- ¡Grimanesa, mi pobre Grimanesa!
Mas el viejo advirtió, con un violento ademán, que no era el momento de llorar. Disimulando con un esfuerzo sobrehumano su turbación creciente, murmuró, en voz tan sorda, que apenas se le comprendía:
- Sí, se lo saqué yo del pecho cuando estaba muerta... Tú le habías clavado este alfiler en el corazón... ¿No es cierto? Ella te faltó, quizá...
- Sí, mi padre.
- ¿Se arrepintió al morir?
- Sí, mi padre
- ¿Nadie lo sabe?
- No, mi padre.
- ¿Fue con el administrador?
- Sí, mi padre.
¿Por qué no lo mataste también?
- Huyó como un cobarde.
- ¿Juras matarlo si regresa?
- Sí, mi padre.

El viejo carraspeó sooramente, estrujó la mano de Conrado y dijo, ya sin aliento:
- Si ésta también te engaña, haz lo mismo... ¡Toma!...
Entregó el alfiler de oro solemnemente, como otorgaban los abuelos la espada al nuevo caballero; y con brutal repulsa, apretándose el corazón desfalleciente, indicó al yerno que se marchara en seguida, porque no era bueno que alguien viera sollozar al tremendo y justiciero don Timoteo Mondaraz.

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