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Amarilis

Poesía

Epístola a Belardo (Fragmentos)
Obra de Amarilis
Tanto como la vista, la noticia 
de grandes cosas suele las más veces 
al alma tiernamente aficionarla, 
que no hace el amor siempre justicia, 
ni los ojos a veces son jueces 
del valor de la cosa para amarla: 
mas suele en los oídos retratarla 
con tal virtud y adorno, 
haciendo en los sentidos un soborno 
(aunque distinto tengan el sujeto, 
que en todo y en sus partes es perfecto), 
que los inflama a todos 
y busca luego aficiosos modos, 
con el que pueda entenderse 
el corazón, que piensa entretenerse, 
con dulce imaginar para alentarse 
sin mirar que no puede 
amor sin esperanza sustentarse.

El sustentarse amor sin esperanza, 
es fineza tan rara, que quisiera 
saber su en algún pecho se ha hallado, 
que las más veces la desconfianza 
amortigua la llama que pudiera 
obligar con amar lo deseado; 
mas nunca tuve por dichoso estado 
amar bienes posibles, 
sino aquellos que son más imposibles. 
A éstos ha de amar un alma osada; 
pues para más alteza fue criada
que la que el mundo enseña; 
y así quiero hacer una reseña 
de amor dificultoso, 
que sin pensar desvela mi reposo, 
amando a quien no veo y me lastima: 
ved qué extraños contrarios, 
venidos de otro mundo y de otro clima.

Al fin de éste, donde el Sur me esconde 
oí, Belardo, tus conceptos bellos, 
tu dulzura y estilo milagroso; 
vi con cuánto favor te corresponde 
el que vio de su Dafne los cabellos 
trocados de su daño en lauro umbroso 
y admirando tu ingenio portentoso, 
no puedo reportarme 
del descubrirme a ti, y a mí dañarme. 
Mas ¿qué daño podría nadie hacerme 
que tu valer no pueda defenderme? 
Y tendré gran disculpa, 
si el amarte sin verte, fuera culpa, 
que el mismo que lo hace, 
probó primero el lazo en que me enlace, 
durando para siempre las memorias 
de los sucesos tristes, 
que en su verguenza cuentan las historias.

Esto mi voluntad te da y ofrece 
y ojalá yo pudiera con mis obras 
hacerte prendas de mayor estima: 
mas dionde tanto se merece, 
de nadie no recibes, sino cobras 
lo que te debe el mundo en prosa y rima. 
He querido, pues viéndote en la cima 
del alcázar de Apolo, 
como su propio dueño, único y solo, 
pedirte un don, que te agradezca el cielo, 
para bien de tu alma y mi consuelo. 
No te alborotes, tente, 
que te aseguro bien que te contente, 
cuando vieres mi intento, 
y sé que lo harás con gran contento, 
que al liberal no importa para asirle, 
significar pobrezas, 
pues con que más se agrada es con pedirle.

Yo y mi hermana, una santa celebramos, 
cuya vida de nadie ha sido escrita, 
como empresa que muchos han tenido: 
el verla de tu mano deseamos; 
tu dulce Musa alienta y resucita, 
y ponla con estilo tan subido 
que sea dondequiera conocido 
y agradecido sea 
de nuestra santa virgen Dorotea. 
¡Oh, qué sujeto, mi Belardo, tienes 
con que de lauro coronar tus sienes, 
podrás, si no emperezas, 
contando de esta virgen las grandezas, 
que reconoce el cielo, 
y respeta y adora todo el suelo: 
de esta divina y admirable Santa 
su santidad refiere, 
y dulcemente su martirio canta! 
Ya veo que tendrás por cosa nueva 
no que te ofrezca censo un mundo nuevo, 
que a ti cien mil que hubiera te le dijeran; 
mas que mi Musa rústica se atreva 
a emprender el asunto a que me atrevo, 
hazaña que cien Tassos no emprendiera, 
ellos, al fin, son hombre y temieran; 
mas la mujer, que es fuerte, 
no teme alguna vez la misma muerte. 
Pero si he parecídote atrevida, 
a lo menos parézcate rendida, 
con fines desiguales 
Amor los hace con su fuerza iguales: 
y quédote debiendo 
no que me sufras, mas que estés oyendo 
con singular paciencia mis simplezas, 
ocupado continuo 
en tantas excelencias y grandezas.

Versos cansados, ¿qué furor os 
lleva a ser sujetos de simpleza indiana 
y a poneros en brazos de Belardo? 
Al fin, aunque amarguéis, por fruta nueva, 
os vendrán vuestro gusto bronco y tardo; 
el ingenio gallardo, 
en cuya mesa habéis de ser honrados, 
hará vuiestros intentos deisculpados: 
navegad, buen viaje, haced la vela 
guiad un alma, que sin alas vuela.


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